Todo avanzó tan rápido que no me di cuenta de que el sol se alzaba por el horizonte, porque estaba demasiado ocupada memorizando cada pestaña de tus ojos y cada mancha de tu iris.
Demasiado ocupada para reparar en algo que no fuera tu lengua haciéndose paso entre mis labios y tus manos dando suaves caricias a lo largo de mi columna vertebral.
Estaba demasiado ocupada para saber la hora que era, pues el tiempo pasa demasiado rápido cuando quieres que no acabe ese instante, y allí estábamos tu y yo, con la respiración entrecortada, pero a la par, con los mofletes sonrojados y los labios irritados después de la pasión.
Estábamos locos, el uno por el otro, diciéndonos bajito pero también gritando 'te quiero' y que bien suena dicho por tus labios y desde el más profundo lugar de tu corazón.
Créeme que esta vez, sentí que era de verdad y que podríamos empezar de cero, pero con mucho más cariño, pues todo estaba perfecto, tu y yo, cogidos de la mano y cada dos pasos, cuatro besos, cada cuatro besos un par de 'te quieros' y así hasta cansarnos de parecer dos idiotas y echarnos a reír hasta dolernos la barriga.
Todo fue verdad durante unas cuantas horas, y al llegar a casa, sentí que todo estaba en su sitio y que podía detenerse el tiempo porque yo había encontrado la razón por la que seguir en pie, sonriendo.
Pero el sol le pudo a la oscuridad y ni siquiera miraste los labios que habías estado besando de madrugada, ni si quiera te reparaste en que mis mofletes seguían sonrojados y que seguía esa sonrisa de idiota en mi cara. Y entonces lo comprendí, comprendí que había sido un error.
Quería llorar, pero no, no iba a dejar salir una lágrima de mis ojos, no por amores fugaces, ya no lo permitiría. Estaba tan rota que cortaba y a parte de ello me hice de hielo, y lo que no saben, es que el hielo también quema.